Javier, de un accidente en motocicleta a una historia de resiliencia y fuerza interior
Ingeniero químico de profesión, perdió gran parte de su memoria; estuvo dos meses en coma
Aretsi Jaramillo / Latidos del sur
A sus 35 años, Javier Lara Navarro se mira al espejo sin miedo a reconocerse distinto. No porque haya perdido su identidad, sino porque tuvo que reconstruirla.
“Hoy me describo como una persona resiliente, alguien que ha tenido fuerzas para afrontar los retos”, dice con una claridad que solo se adquiere después de haber tocado fondo.
Javier recuerda poco de la vida que tenía antes del accidente. La encefalomalacia isquémica, el ablandamiento de casi la mitad de su cerebro, afectó su memoria a corto y largo plazo, borrando vivencias, conocimientos y parte de su historia personal.
“Recuerdo pocas cosas… Me dicen que era muy serio, quizá hasta amargado por no hablar mucho”, expresa.
El día del accidente, la claridad fue mínima. “Solo recuerdo que iba en mi moto hacia el trabajo. Vi por el retrovisor un carro acercarse a alta velocidad, me cambié de carril y me estampé con un tráiler. Me dijeron que quedé tirado a mitad de la autopista”, comenta.
Lo demás se volvió silencio; dos meses de coma inducido.
Despertar fue un quiebre emocional. “Fue extraño abrir los ojos en un lugar que no conocía”, platica.
Javier no considera que la rehabilitación física haya sido lo más duro; lo verdaderamente difícil fue adaptarse a una nueva vida, muy distinta de la que recordaba, incluso de la que había perdido.
En ese proceso, la fe fue su ancla
“Dios… agarrarme de él me ha ayudado muchísimo a mantenerme”, dice.
También lo sostuvieron su madre, quien lo acompañó fielmente a cada terapia, y su sobrino, el hijo mayor de su hermana.
“Él me hacía muchos ejercicios en mi pierna y en mi brazo. Gracias a él tengo esta recuperación”, platica con mucho orgullo.
Contra los pronósticos médicos, que aseguraban que jamás volvería a levantarse de una silla de ruedas, Javier lo logró.
Primero con ayuda, luego con bastón y hoy sin ningún apoyo. “Volver a caminar ha sido mi logro más grande”, expresa.
Pero su historia de resiliencia no comenzó con el accidente, sino mucho antes. De niño vivió bullying por el lugar humilde donde creció: una casa de madera, piso de tierra y techo de palma.
“Me decían que de carpinterito no iba a pasar. Esos comentarios fueron combustible para impulsarme a salir adelante”, relata.
Esa fuerza interna, cultivada desde la niñez, volvió a levantarse con él después del trauma.
Hoy, Javier se conoce más profundamente.
“Esto me ayudó a saber quién soy y a dónde quiero ir”, expresa.
Su motor continúa siendo el mismo de su infancia: superarse a sí mismo. Lee, investiga y ha encontrado en la logoterapia una herramienta esencial para su crecimiento emocional, incluso más que sus sesiones con psicólogos y psiquiatras.
Su visión sobre la discapacidad es firme y directa, “La peor discapacidad no es la física, sino la mental. La vida es la mejor escuela del mundo”, comenta.
Aunque no busca reflectores, espera que su historia pueda inspirar a otros, tal como Stephen Hawking lo inspiró a él.
“Cada quien debe superar sus propias pruebas… Pero acercarse a Dios siempre ayuda”, subraya.
Con una vida que él mismo describe como un giro completo, Javier sabe que sus planes cambiaron, pero sus metas continúan intactas. Trabaja en nuevos proyectos, que prefiere guardar por ahora, y enfrenta la frustración conversando a solas con Dios, encontrando ahí paz y claridad.
Su historia no es solo la de un sobreviviente, sino la de un hombre que se reconstruyó desde la raíz. Y aunque él no busca protagonismo, su camino ya ilumina el de otros.





