Villa Cuichapa, donde la danza cobra vida

Villa Cuichapa, donde la danza cobra vida

Aretsi Jaramillo / Latidos del sur

Era una tarde soleada, se escuchaba ruido en el parque de Villa Cuichapa, jóvenes reunidos para platicar, niños y niñas entrenando basquetbol en el domo del parque, y el auditorio, aun con las puertas cerradas, esperando que dieran las cinco de la tarde.

La hora llegó y el encargado abrió las puertas del auditorio; el ensayo comenzó puntual, como si el tiempo también supiera que ahí no se podía llegar tarde.

La plataforma se fue llenando poco a poco. Niños y jóvenes llegaban con mochilas al hombro, botellas de agua en mano y el cansancio del día todavía pegado al cuerpo. Algunos reían, otros estiraban sin que nadie se los pidiera, y unos más simplemente observaban, como preparándose mentalmente para lo que venía.

No hubo música al inicio, solo la voz firme de los maestros marcando el comienzo: Cristian Ramírez, Joel Márquez, Gustavo Torres, Odhalys Gomes y Thayli Paola. No necesitaban alzar demasiado la voz; bastaba con su presencia para ordenar el espacio.

El calentamiento comenzó, y con él, la transformación.

Los primeros estiramientos parecían sencillos, pero pronto se convirtieron en un diálogo silencioso entre el cuerpo y el esfuerzo. Los músculos, tensos al inicio, parecían quejarse en cada movimiento. Sin embargo, poco a poco cedían, se alargaban, se adaptaban.

Las abdominales llegaron después, como una prueba directa de resistencia. Cada repetición pesaba más que la anterior. Las respiraciones se hicieron profundas, cortadas, compartidas. El cansancio no era individual; se sentía colectivo, como si todos cargaran el mismo peso invisible.

El sudor empezó a aparecer sin pedir permiso, resbalando por la frente, marcando el ritmo del esfuerzo. Y entonces, las diez vueltas.

La plataforma dejó de ser solo un espacio y se convirtió en un circuito de resistencia. Cada paso golpeaba el suelo con más fuerza, como si las piernas quisieran rendirse, pero la voluntad no se los permitiera. Algunos apretaban los dientes, otros miraban al frente sin expresión, pero nadie se detenía.

El grupo avanzaba como una sola corriente, cansada, pero constante.

Cuando finalmente se detuvieron, el aire pareció más pesado. Incluso respirar parecía requerir esfuerzo.

Antes de pasar a los sones tradicionales, el grupo realizó dos ensayos completos de un bailable llamado “afro”, utilizado como parte del calentamiento. La música inició y los movimientos eran rápidos, enérgicos y exigían coordinación inmediata.

Los bailarines repitieron la coreografía dos veces seguidas. Las piernas, que ya mostraban cansancio por las vueltas, tuvieron que responder nuevamente. Algunos respiraban con dificultad, otros secaban el sudor de su rostro rápidamente para continuar, pero nadie abandonó su lugar.

Ese ensayo funcionó como una preparación final: el cuerpo terminaba de despertar por completo antes de entrar a la exigencia de los sones.

El descanso llegó en forma de cinco minutos que se sintieron demasiado cortos. Las botellas de agua se levantaron casi al mismo tiempo, como si obedecieran una coreografía distinta. Algunos se sentaron en el suelo, otros se abanicaban con las manos, y unos más simplemente cerraron los ojos por unos segundos, intentando recuperar algo de energía. Pero el descanso no era el final, era apenas el intermedio.

La música comenzó, y con ella, el verdadero ensayo.

Los sones tradicionales del estado de Veracruz llenaron el espacio: el son jarocho, el huasteco y el sotavento. No eran solo ritmos; eran historias que exigían ser contadas con el cuerpo.

Los primeros intentos no fueron perfectos, había pasos fuera de tiempo, giros incompletos, miradas que buscaban referencias en los demás. Pero también había algo más fuerte: la insistencia. Cada error no era un fracaso, sino una indicación de por dónde seguir.

“Si se equivocan, vuelvan a hacerlo, pero no se detengan” -se escuchó decir a uno de los maestros mientras observaba atentamente al grupo.

Corregían detalles que a simple vista parecían pequeños, pero que cambiaban todo: la posición de un brazo, la firmeza de un pie, la intención en la mirada.

Después del ensayo general, el grupo se dividió. Lo que antes era un solo conjunto se fragmentó en secciones, como si la danza necesitara ordenarse para crecer con más precisión.

A cargo del maestro Cristian de Jesús Hernández Ramírez quedaron los más pequeños. Ahí, el ensayo tenía otro ritmo: entre risas, distracciones y ganas de hacerlo bien, los pasos se construían poco a poco. Sus movimientos aún eran inestables, pero estaban llenos de energía, como si cada intento fuera una promesa.

Las niñas trabajaron con las maestras Kury Odhalys Gomes Cruz y Thayli Paola Gomes Cruz, donde la precisión se volvía prioridad. Cada movimiento era afinado, repetido, corregido. La danza ahí se veía más cuidadosa, más detallada, como si cada paso tuviera que encajar exactamente en su lugar.

Por otro lado, los varones ensayaban con los maestros Joel Márquez Sánchez y Ángel Gustavo Luría Torres. Ahí, la fuerza marcaba el ritmo. Los pasos eran firmes, los movimientos más amplios, y la exigencia se sentía en cada repetición.

El espacio se llenó de distintos ensayos ocurriendo al mismo tiempo, era un caos ordenado: diferentes ritmos, diferentes correcciones, pero un mismo objetivo.

Con el paso del tiempo, el cansancio se volvió más evidente. Las piernas ya no respondían igual, los movimientos perdían fuerza, pero la disciplina mantenía al grupo en movimiento. Era como si el cuerpo quisiera detenerse, pero la mente insistiera en continuar.

Los más pequeños fueron los primeros en irse.

Se despidieron entre risas, algunos aún con energía, otros claramente agotados. Su salida dejó un vacío breve, pero el ensayo no se detuvo.

Los jóvenes se quedaron; y con ellos, la exigencia aumentó.

Repitieron pasos una y otra vez, corrigiendo errores, puliendo detalles que antes habían pasado desapercibidos. Cada repetición era más pesada, pero también más precisa. La danza, poco a poco, comenzaba a tomar forma.

La tarde se fue apagando sin que nadie lo notara del todo.

Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, el ensayo terminó.

No hubo música para cerrar, solo la voz de los maestros dando las últimas indicaciones: correcciones finales, recordatorios, ajustes para el siguiente ensayo. Era un cierre sobrio, pero necesario, donde la danza se detenía, pero el aprendizaje seguía en movimiento.

Después, todo cambió.

Los cuerpos dejaron de bailar y comenzaron a recoger. Mochilas que se abrían, botellas que se guardaban, objetos que regresaban a su lugar. El espacio, que durante horas había estado lleno de energía, empezó a vaciarse lentamente.

La plataforma recuperó su silencio.

Uno a uno, se fueron retirando.

Y aunque el ensayo había terminado, algo permanecía en el aire: el eco de los pasos, el esfuerzo compartido, la sensación de haber avanzado, aunque fuera un poco.

Porque ahí, entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche, no solo se ensaya.

Se aprende a resistir, a repetir, a mejorar…
y, sobre todo, a no rendirse cuando el cuerpo ya quiere detenerse.

Latidos del Sur

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