Don Toño, el corazón de La Noria: El elotero que vio crecer a dos generaciones en Coatzacoalcos

Don Toño, el corazón de La Noria: El elotero que vio crecer a dos generaciones en Coatzacoalcos

A sus 68 años, Antonio Domínguez Hernández es un referente del parque; relata cómo dejó la albañilería para volver al oficio familiar

Michelle Villegas / Latidos del Sur

A sus 68 años, Antonio Domínguez Hernández, conocido por todos como don Toño, no solo vende elotes: construye recuerdos, acompaña historias y sostiene la vida comunitaria del parque La Noria, en la colonia Rafael Hernández Ochoa, en Coatzacoalcos.

Su carrito, con más de una década en el mismo punto, ya parte del paisaje del barrio.
 
“Aquí crecieron mis hijos… y también los hijos de mis clientes”, detalla.

Bajo el vapor del maíz recién hervido, don Toño acomoda vasos, queso, salsas y limones. Mientras lo hace, recuerda cómo empezó todo.

“Yo llegué aquí sin conocer a nadie, solo con mi carrito y lo que sabía hacer desde niño”, cuenta con una sonrisa tímida.

“Al principio vendía poquito. A veces me regresaba casi con todo… pero mi papá siempre decía: ‘El que no insiste, no avanza’. Y pues insistí”, relata.

La constancia lo convirtió en referente. Hoy, personas que de niños le compraban un elote regresan con sus propios hijos.

“Eso me llena el corazón, de verdad. Ver llegar a los chamacos que antes venían en bici y ahora cargan a sus bebés… pues uno siente bonito. Me dicen: ‘Don Toño, deme dos con queso del bueno, como antes’”, dice entre risas.

La historia de don Toño comenzó en un pequeño poblado cerca de Minatitlán, donde desde los ocho años combinó escuela y trabajo.

“Mi papá se enfermó y pues alguien tenía que apoyar, éramos varios hermanos. Yo me iba a vender a las ferias, aprendí a escoger el elote, a cocerlo, a atender sin enojarse. Mi papá decía: ‘El cliente nunca tiene la culpa”, expone.

La falta de recursos marcó su infancia, pero también la unión familiar.

“Crecimos con poquito, pero muy juntos. Mi mamá hacía todo lo posible para que no nos faltara nada. Por eso siempre he trabajado, porque de ahí vengo”, afirma.

Antes de dedicarse al elote, fue albañil muchos años, hasta que una lesión en la espalda lo obligó a cambiar de oficio: “No podía seguir cargando bultos de cemento, pero tenía que seguir manteniendo a mi familia.”

Volvió entonces al oficio familiar y buscó un lugar estable donde pudiera trabajar sin tanto desgaste físico. Así llegó a Coatzacoalcos.

Don Toño instaló su carrito en el parque La Noria hace poco más de diez años. Ahí encontró una comunidad que, con el tiempo, lo adoptó.

“Elegí este parque porque siempre ha tenido vida, niños jugando, señoras caminando, jóvenes platicando. Aquí la gente me agarró cariño, y yo también a ellos”, añade.

Su rutina comienza antes de que salga el sol.

“A las seis ya ando cociendo el elote, preparando las cosas. Mi esposa, Lupita, me ayuda con las salsas… sin ella no podría”, afirma. “Ella siempre ha sido mi apoyo.”

Está casado desde hace más de 40 años con doña Lupita. Tienen tres hijos ya adultos e independientes.

“Ellos me dicen que ya descanse, pero ¿qué voy a hacer en mi casa todo el día? Yo soy feliz aquí, platicando con la gente, viendo crecer la colonia”, subraya.

Pero la vida en la calle no es sencilla. Don Toño ha sido testigo del cambio en la zona.

“Antes era más tranquilo. Ahora hay más tráfico, más comercios y más inseguridad. Uno sale con la bendición, nada más. Pero yo no dejo de venir, porque este es mi lugar”, comenta.

En temporada de lluvias o de fuertes nortes, mover el carrito se vuelve difícil.

“A veces siento que me lleva el viento, pero la gente ya sabe dónde estoy y, si no vengo, me mandan mensaje o me preguntan al otro día: ‘¿Qué pasó, don Toño?, ¿se enfermó?’”, dice orgulloso.

El favorito del público sigue siendo el elote en vaso con queso.

“Pero con queso del bueno, no de ese que no sabe a nada”, bromea. También vende esquites, elote hervido y otros snacks.

Dice que su secreto no está en la receta, sino en la atención:

“La gente viene por el sabor… pero también por la plática. Yo escucho historias todos los días: de amores, de problemas, de niños que entran a la escuela. Todo eso me hace sentir parte de sus vidas”, recalca.

En sus días de descanso, don Toño disfruta caminar por el malecón, jugar dominó y tomar café.

“Yo soy feliz con lo simple. Mientras tenga salud para seguir viniendo, aquí voy a estar”, enfatiza.

Su historia representa a miles de trabajadores ambulantes que sostienen la vida cotidiana en las colonias de Coatzacoalcos.

Don Toño sabe que su oficio no lo hará rico, pero le ha dado algo más valioso: reconocimiento, cariño y un lugar en el corazón de su comunidad.

“A veces pienso: cuando ya no esté, ¿me extrañarán?”, dice mirando su carrito. Luego sonríe y responde él mismo:
“Yo creo que sí. Porque este no es solo mi trabajo… es mi historia. Y también es la de ellos”.

Latidos del Sur

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