Policías, ¿guardianes del orden o desorden?
Aretsi Jaramillo / Latidos del sur
En Veracruz está pasando algo grave, la gente no solamente siente miedo de los delincuentes, incluso ahora el miedo es hacia las “autoridades”. Y eso debería alarmarnos a todos.
Durante años, en el sur del estado, especialmente en municipios como Coatzacoalcos, Minatitlán y Nanchital, las historias sobre abusos por parte de la Policía Estatal se han vuelto parte de las conversaciones diarias.
Revisiones arbitrarias, amenazas, golpes, intimidaciones y detenciones dudosas. Casos que muchas veces quedan grabados en videos de Facebook o TikTok, se vuelven virales unos días… y después parecen olvidarse. Pero el problema sigue ahí.
Lo ocurrido el pasado 10 de mayo en la ciudad de Nanchital fue una muestra más de una situación que lleva tiempo creciendo y que cada vez genera más enojo social. Lo que debía ser una madrugada tranquila terminó convirtiéndose en un episodio de violencia y polémica.
De acuerdo con familiares y testigos, varios jóvenes fueron interceptados por elementos de la Policía Estatal cuando iban a comprar flores para celebrar el Día de las Madres. La situación escaló rápidamente hasta convertirse en un presunto caso de abuso policial. Videos difundidos en redes muestran a familiares reclamando agresiones por parte de los elementos.
Mientras los videos circulaban por todas partes, la ciudadanía vuelve a hacerse la misma pregunta de siempre, ¿quién vigila a quienes deberían protegernos?
Días después, las protestas y bloqueos carreteros demostraron que la molestia no era solamente de una familia, era el reflejo de un cansancio colectivo.
Y es que el problema ya no puede ser minimizado; cuando demasiadas personas cuentan historias parecidas, deja de ser coincidencia.
Hay jóvenes que sienten nervios cuando una patrulla se les acerca, aunque no hayan hecho nada. Hay padres que temen que sus hijos salgan de noche no solo por la inseguridad, sino también por encontrarse con policías violentos. Hay ciudadanos que prefieren guardar silencio porque denunciar significa exponerse aún más. Eso no es seguridad.
Una corporación policiaca debería transmitir confianza. Debería ser símbolo de apoyo, protección y tranquilidad. Pero en muchas partes del sur de Veracruz ocurre exactamente lo contrario, las sirenas ya no generan alivio, generan tensión.
Y sí, también hay policías honestos, trabajadores y comprometidos. Sería injusto meter a todos en el mismo saco. Pero precisamente por ellos debería existir mano dura contra quienes manchan el uniforme con abusos y prepotencia. Porque cada acto de violencia injustificada destruye todavía más la confianza ciudadana.
Da tristeza e impotencia el pensar que la sociedad empiece a normalizarlo; que ver a policías insultando jóvenes, apuntando armas o actuando con agresividad se vuelva “algo común”, que la gente diga “mejor no hagas nada porque te puede ir peor”.
Cuando el ciudadano le tiene más miedo a la autoridad que al criminal, significa que algo está muy mal.
Veracruz necesita seguridad, sí; pero no cualquier tipo de seguridad, no una basada en intimidar civiles o actuar con soberbia. La seguridad verdadera se construye con preparación, derechos humanos, transparencia y respeto hacia la ciudadanía.
Porque portar un uniforme no debería dar poder para humillar. Debería dar responsabilidad para proteger.
Y mientras sigan existiendo casos como el de los jóvenes de Nanchital, será imposible pedirle a la población que confíe plenamente en quienes juraron cuidarla.