La playa ahora es marrón

La playa ahora es marrón

Aretsi Jaramillo / Latidos del sur

El mar de Coatzacoalcos amaneció distinto. No fue necesario acercarme demasiado para notarlo, el olor fresco de la playa se había ido. Era un olor pesado, incómodo, una mezcla de amoniaco con azufre; me hizo fruncir la cara sin pensarlo. Aun así, caminé, porque pensé que más adelante el olor desaparecería.

Pero no; cuando vi la orilla, me quedé en silencio. Había una capa espesa de sargazo, como si alguien hubiera decidido pintar la playa de marrón. Era una cantidad que no se podía ignorar.

Más tarde supe que, desde el 11 de abril, las autoridades ya habían retirado cerca de 600 toneladas de esta macroalga, pero que el problema podría alcanzar hasta 2 mil 500 toneladas en los próximos días. Y en ese momento, viendo la magnitud frente a mí, entendí que esas cifras no eran exageración.

Avancé por la playa, pasando por zonas como Pedro Moreno, Independencia, Playa de Oro, y la historia se repetía una y otra vez.

Mas tarde vi máquinas trabajando, personas intentando limpiar, montañas de alga acumulándose como si nunca fueran a terminar. Me quedé mirando un rato, pensando en lo absurdo que parecía: limpiar el mar como si fuera un cuarto desordenado.

Pero era necesario, porque la descomposición del sargazo no solo afecta la vista. Genera gases tóxicos, daña el ecosistema marino y convierte lo que antes era un espacio de descanso en un foco de preocupación. No es solo un problema estético, es una crisis ambiental que se siente en la piel, en la respiración, en el ánimo.

Había gente en la playa, pero no era la misma escena de siempre. Los turistas caminaban confundidos, buscando un espacio donde al menos pudieran acercarse al agua. Algunos lo intentaban, pero la acumulación era tan densa que simplemente no se podía.

Y entonces pensé en el momento en que todo esto ocurrió, el último fin de semana de vacaciones. Justo cuando la playa debía estar llena de vida, de risas, de movimiento. En lugar de eso, había frustración. Restaurantes semivacíos, pescadores preocupados, visitantes que decidían irse o buscar otras zonas menos afectadas. No era solo el mar el que estaba en crisis, era también la economía de quienes dependen de él.

Y como si no fuera suficiente, recordé algo que hace todo esto aún más grave; el sargazo no llegó solo. Se mezcla con los residuos del derrame de hidrocarburo ocurrido el 2 de marzo. Es una doble herida. Una combinación que no solo contamina, sino que deja claro que el problema no es aislado. Es acumulativo. Es consecuencia.

Sí, hay explicaciones: cambios en las corrientes marinas tras los frentes fríos, aumento en la temperatura del mar, exceso de nutrientes que favorecen el crecimiento descontrolado del sargazo. Todo eso suena lógico, incluso científico. Pero estar ahí, frente a ese paisaje, hace que esas explicaciones se queden cortas.

Escuché que el gobierno municipal, encabezado por el alcalde Pedro Miguel Rosaldo García, continuará con las labores de limpieza de manera permanente. Y lo creo necesario, incluso urgente. Pero no pude evitar preguntarme si eso es suficiente. Si limpiar es realmente la solución… o solo una forma de contener algo que sigue creciendo.

Me senté en la arena, tratando de encontrar un momento de calma. El sonido del mar seguía ahí, pero ya no era el mismo. Era un sonido pesado, como si las olas estuvieran luchando por moverse entre el sargazo. Por primera vez, sentí que el mar estaba cansado. Como si no pudiera respirar.

Y hay algo que me preocupa aún más y es que lo estamos normalizando. No debería ser normal que el mar cambie de color. No debería ser normal que no podamos nadar en nuestra propia playa. No debería ser normal convivir con contaminación, con derrames, con crisis ambientales que poco a poco se vuelven parte del paisaje. Pero lo estamos permitiendo.

Antes de irme, volteé una vez más. Las máquinas seguían trabajando, el sargazo seguía llegando, la gente seguía observando sin saber muy bien qué hacer. Y entendí algo que me dejó incómoda, el problema no es solo que el mar esté cambiando, es que nosotros también nos estamos acostumbrando.

Y tal vez ese sea el verdadero peligro. Porque el día que dejemos de cuestionarlo, de incomodarnos, de indignarnos… ese día, el mar no solo dejará de ser azul, dejará de importarnos.

Latidos del Sur

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